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(Nuestra Lolita, para hacerle un favor a su maestra y al profe, al
que vuelve a follarse, seduce como una puta a un macho a la antigua).
Luego de que Laila nos contara su versión de aquella noche en
el salón de dibujo, le pedí a Ariadna que me contara el
favor que le hizo a la maestra. Es este:
Los dos meses de vacaciones estuvieron llenos de fiestas privadas entre
Luis, Xavier, Marisela y yo. Lencho, mi tío, se comía
los restos alguna noche. Pero todo termina y llegó septiembre
y con él, las clases de tercero. Con las clases, quedamos de
vernos, otra vez, nada más los miércoles, para mejor suerte
de Lencho.
Pero antes de contarte el favor a la maestra, y para que lo entiendas,
debes saber cómo volví a coger con el Loco, o sea Ramiro,
el profe de física. El segundo día de clase teníamos
física a penúltima hora. Yo veía al profesor con
otros ojos: recordaba lo bien que me lo había pasado y luego
de dos meses, tuve ganas de tenerlo otra vez. Empecé a fantasear
maneras de echármelo al plato y apenas noté que terminó
la clase. Iba saliendo de la clase cuando dijo:
-Ariadna, espera un momento.- Salieron los demás y él
sacó de su portafolio... la pañoleta que yo llevaba en
mi disfraz de gitana, aquella noche famosa. Preguntó con voz
neutra y cara inocente:
-Por casualidad, ¿no olvidaste esto tu el día de la tardeada?
Como es de seda y muy bonita...- se calló y me miró.
-Pues claro que lo olvidé... en el taller de dibujo. Pero también
olvidé otras cosas... ¿no las tendrás en tu coche?
-Si... si- tartamudeó.
-Pues deberías dármelas dentro de hora y media en la esquina
de Pipián y Cunegunda, ¿te parece?
-Si... está bien.
-Pues vale. Me voy.
Y me fui: pensaba que había bastado con desearlo y que ya lo
tenía, que él había dado el primer paso.
Hora y media después me subí a su coche. Había
pasado al baño de un super donde me subí la falda hasta
medio muslo y me quité las bragas, y al subirme, en aquella esquina
siempre sola, lejos de mi parte de la ciudad, cerca de la salida a XXX,
la falda subió aún más. Le di un beso en la mejilla
y tomé su mano, poniéndola en mi muslo, hasta arriba.
El la recorrió un poquito y sonrió al sentir que no había
nada.
-Es que no tengo... ¿te acuerdas? Los dejé en el salón
de dibujo- dije.
Mis pensamientos y sus caricias me tenían a mil y le dije:
-No quiero que me vean-. Y me agaché sobre su regazo.
Tenía un chevy nova ya viejo, con un asiento delantero muy amplio
y de una pieza y vidrios polarizados: muy naco, pues, pero potente:
sus 6 cilindros arreaban que daba miedo.
Antes de que terminara de bajarle el pantalón y los calzones
lo suficiente como para que su cipote apareciera, ya habíamos
salido a carretera. Manejaba por la autopista mientras yo le chupaba
la tranca y al rato tuve que beberme su leche, que es algo que nunca
me ha gustado.
Poco después se metió en un camino secundario, metió
el coche bajo unos árboles y me hizo el amor en el asiento trasero
del coche, con la misma maestría que la primera vez, dejándome
cansada y satisfecha. En el camino de regreso me contó de sus
macabros planes:
-Veo que eres como esperaba, Ari, una chica como hay que ser, que goza
el momento lo mismo que lee bien y es mala en la escuela. Y sólo
por eso me atrevo a pedirte, en mi nombre y el de mi adorada Laila,
un favor enorme.
-Dímelo.
-Laila se quiere divorciar porque ya no soporta al hijo de la chingada
de su marido, es un tipo terrible y atroz. Pero teme, y con razón,
que le quite a sus hijos y la deje en la calle, así que necesitamos
un argumento contundente que lo obligue a doblar las manos. El tipo
se coge todo lo que ve y es un verde, sabes, y aquí es donde
entras tu.
-Ya entiendo –le dije-. ¿Pero es guapo?..., ¿y yo
que gano?
-Si, es guapo, y ganas nuestra eterna gratitud y...
-Bien, me gusta la idea, ¿qué hay que hacer?
Y me gustaba: era morboso y maligno. Me daba un poder inimaginado y
me prendía fuertemente el cráneo. La idea fue que yo sería
invitada con frecuencia a casa de Laila, quien se saldría alguna
vez con uno u otro pretexto, hasta que el cabrón y yo fuéramos
amantes y, una vez así las cosas, ese mismo sábado fui
a aprender a dibujar.
No te voy a cansar con la larga espera, que duró cinco semanas:
basta ponerlos un viernes en la tarde, yo vestida de la misma forma
que el día que follé por segunda vez con Ramiro. Ya me
había paseado por delante del Diputado y había descubierto
sus miradas lujuriosas y su evidente gana. Me daba un poco de miedo
porque el tipo era robusto y medía como 1.90. Güero, de
pelo corto y bigote, sí estaba muy cogible, pero por poco que
su verga se le pareciera me dolía sólo de pensarlo.
Así estaba yo, en la mesa del comedor, mientras el diputado,
con un vodka en la mano, veía televisión en la sala, a
unos doce metros de mí, cuando ella se paró y le avisó
a su marido que iba a casa de su hermana “a recoger a los niños”.
La hermana vivía del otro lado de la ciudad: media hora de ida
y media de vuelta, por lo menos, así que el momento era llegado.
No fue difícil porque decidí portarme como una verdadera
puta, pues en verdad iba a actuar por vez primera como tal así
que, aprovechando que me daba la espalda, me quité los zapatos,
la falda y la blusa, dejándome las calcetas escolares hasta la
rodilla, mis braguitas y una breve camiseta blanca, de tirantes, que
llevaba ese día en lugar de sujetador.
Descalza, me moví sin ruido hasta quedar detrás de él
y ahí deslicé mis manos sobre sus hombros y dije:
-Licenciado... ¿no me regala un traguito de vodka?
Debo decir que el tipejo debe seguir recordando con gusto la escena,
debe pajearse aún a mi salud, a pesar de lo que pasó después,
pues ¿cuantos de su calaña han visto alguna vez a su espalda
a una nínfula semidesnuda, bella y precoz, pidiendo guerra?
-¿De vodka o de verga, putita?- Preguntó el tipejo.
-De vodka y de verga, papi –le dije.
-Será de verga y vodka- dijo.
Me jaló hacia él con cierta brusquedad, me besó
y me llevó en vilo hasta su recámara donde, con fuerza,
me tiró sobre la cama. Se desnudó rápidamente y
se movió hacia donde yo estaba, un poco asustada, en bragas y
camiseta.
-¿Sabes chupar, putita?- Preguntó, poniendo a mi lado
una verga grande y gruesa, ya bien parada. Demasiado grande y gruesa
para mi gusto.
Yo no contesté. Me hinqué sobre la amplia cama y me metí
su larga verga, haciendo lo que se hacer... sabía a mujer: teníael
inocultable sabor de una verga que ha estado metida en un coño.
El murmuraba “así, putita, así”. Él
mismo me empujó y se abalanzó sobre mi cuando se sintió
a punto. Me arrancó las braguitas y me hundió la verga
haciéndome un poco de daño, no tanto por el tamaño
(mayores las he tenido) sino porque él estaba caliente pero yo
no tanto. De hecho, eso ayudó, porque pensó que, si no
era virgen, si era bastante inexperta salvo para mamar.
No la metió fácil, pero cuando la tuve dentro empecé
a segregar jugos, de manera que cada entrada era más sencilla,
más sabrosa. El tipo pesaba bastante y se recargaba en mi sin
consideración, pero la escena era morbosa: con su 1.90 o más,
sus más de 100 kilos, su larga verga, las arrugas, su calva incipiente,
parecía un verdadero fauno cogiéndose a una niña,
porque yo era, soy, siempre he sido chiquita y delgada. A mi el sexo
me encanta y empecé a gozar su furia, su olor de hombre y por
fin, su leche.
Luego quedamos tendidos sobre la cama. Me acarició y yo le dije
ya tuteándolo:
-Quiero más, pero no hoy, porque ya no debe tardar tu esposa...
¿y a quién te cogiste hace rato?, sabías a hembra.
-Si de verdad quieres repetir puedo decírtelo: a mi secretaria,
que está más buena que el pan. Búscame, nena, en
mi oficina... ahí estoy a tus órdenes.
(Continuará...)
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