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(Abelardo toma clases de sexo con su tía Mago, preparándose
para desvirgar a sus primas).
Saliendo de casa de mis primas, Toño y yo acordamos recrudecer
el espionaje sobre nuestras hermanas y reunirnos en la tarde a comparar
datos. Pero yo tenía otro plan del que no le di noticia: a la
mañana siguiente, un miércoles 6 de julio, sabiendo que
Larissa, la hija de Mago, pasaba las vacaciones con su padre, me apersoné
en casa de mi tía, esperando que estuviera sola en casa. Así
era: me abrió envuelta en una amplia bata de estar en casa, sin
bañar y con ojos de sueño.
-¿Qué haces aquí?- preguntó.
-Tía, Mago querida... déjame pasar. Regálame un
café. Tengo algo que contarte.
Ya dentro, y con el café en la mano, mientras ella me miraba
con ojos de reproche, mentí:
-Tía querida: ayer casi logré hacer el amor con una amiga
mía, pero me fallaron dos cosas: una, condones. Aquí en
Vieyra no puedo comprarlos, nadie me los vendería y en todos
lados conocen a mis padres... tía querida, para hacer lo que
nos pediste los necesito... ¿no me surtirías tu?
-Deberás pagármelos –dijo.
-Si tía... te los pagaré, lo prometo.
-¿Y la segunda razón?
-Que me enseñaste a gozar, pero no a hacer gozar... no sabía,
Mago querida, cómo calentarla...
-¿Qué pasó, exactamente?
-Pues... fuimos al cine –yo había inventado toda la historia-
y empecé a besarla... en los labios, en el cuello. La acaricié
y me dejó meter mi mano dentro de su bra. A la salida paseamos
por el parque... tía querida: en un rincón casi vacío
la recargué en un árbol y la besé , metí
mi mano bajo su falda y me dejó acariciarle las nalguitas...
creo que estaba muy caliente, pero no pude hacer más. La invité
a mi casa pero me dijo que no, que el lunes... a lo mejor, iría.
-El lunes –dijo Mago-. Y ¿es guapa?
-Sí que lo es.
-¿Cuántos años tiene?
-Catorce, tía, igual que yo.
-Y... ¿qué quieres saber?
-Cómo desvirgarla, tía, cómo hacer que me entregue
su virginidad y que sea mi novia, mi amante.
-Tu ya lo sabes, Abe. Pero te voy a dar gusto porque inventaste un buen
pretexto. Te voy a enseñar a masturbarme como a mi me gusta,
a darme sexo oral como a mi me gusta, a mí, no olvides eso.
Me abrazó y me besó como el sábado y, como el sábado,
sentí la muerte, la vida entre sus brazos. Me enseñó
su clítoris y me hizo tocarlo, acariciarlo, darle vueltas con
la yema del dedo, rascarlo suavemente con la uña y luego, tratar
de repetir el mismo tipo de presiones y movimientos con la lengua. Creo
que se vino un par de veces.
Me dio un gran premio: otra mamada como la del sábado. Ella misma
me desabrochó los pantalones, me sacó mi verga, durísima,
y la chupo hasta sacarle jugo. Luego cerró su bata, me subió
los chones y los pantalones, y fue a su baño.
-Aquí tienes un paquete de nueve condones. Si es cierto lo que
me has contado y el martes en la mañana traes sus calzoncitos
bañados en sus jugos y los tuyos, te daré un gran premio.
El premio será especial si compruebo que la desvirgaste.
-Sí. Espérame –le dije, saciado y feliz.
De regreso a casa decidí que algo tenía que inventarle
a Toño y, aprovechando que mi hermana Alicia no estaba, hurgué
en sus cajones, toqué sus braguitas y sus brassieres, sentía
que violaba su intimidad y tuve una gran erección a pesar de
que media hora antes había descargado más que satisfactoriamente.
Entonces encontré un tesoro, un verdadero tesoro: el diario de
mi hermana. nada más hojearlo corrí a la papelería
más próxima y fotocopié tres fragmentos escritos
en el mes anterior, tres joyas literarias que transcribo:
“Junio 13. Me masturbé como me enseñó Natalia,
pensando en el profe de civismo y en mi primo Servando [...]
“Junio 18. Vino Toño a jugar con el tarado de mi hermano.
Se está poniendo guapo y me trajo malos pensamientos... hasta
pensé que podría tener un esclavo en casa, pues el tarado
de Abe durante meses me suplicó que siguiéramos jugando
a papás y mamás, ¿puedes creerlo?
“Junio 27. Fin de cursos. Nos fuimos a casa de Natalia y me enseñó
las revistas de su hermano. Muy guarras. Nos masturbamos juntas”.
Las notas, verán ustedes, eran oro molido, pero sólo
se las cambiaría a Toño si el tenía buena información
sobre Mariana. Y con esas, corrí a su casa.
-Tengo algo para ti –le dije-. Muy bueno, pero necesito ver lo
que tu tienes.
-De ver nada, güey, pero de contar sí... aunque como te
veo rejego, creo que debemos apostar algo.
-Estás pero bien pendejo, ¿tan seguro estás de
que Mariana cae antes del lunes...? Porque tu pinche propuesta es muy
sospechosa, cabrón.... a ver, muestra tus cartas.
-Va, pues. Mariana está que se le queman las habas. se da unos
fajes tremendos con su novio y está caliente todo el día.
Según he espiado en la ropa sucia se ha de masturbar diario,
por los restos y olores, y he oído a través de la puerta
ruiditos más que sospechosos.
-Eso no es nada, cabrón. Mira –y le di las copias del diario
de Alicia.
Hicimos planes, pero muy vagos. El buscaría la forma de acercarse
a su hermana, de espiarla bien, quizá de chantajearla amistosamente,
mientras yo vería por acercarme a la mía. Por inventar
juegos vacacionales para los tres.
Pero pasaron cuatro días en blanco. Yo le hacía plática
a mi hermana y trataba de reducir las tensiones adolescentes que durante
los últimos dos años nos habían hecho como perros
y gatos. Sólo la mañana del sábado pude jugar con
ella y platicar. Pero empezaba a romper el hielo. Toño, por su
parte, tampoco avanzó mucho en el espionaje de su hermana.
No avancé gran cosa, pero vi mucho. Todo lo que pensaba, mis
nuevas fantasías, me hicieron aprenderme sus gestos y las formas
de su cuerpo. Empecé a desearla. Era entonces una niña
bajita de estatura (1.52) y con unas formas sugerentes. Solía
vestir de chorts y era una delicia ver sus blancas piernas. Imaginé
sus labios succionando mi verga. Imaginé mis manos tocando sus
pezones. Hurgué en sus cajones y aunque no volvió a olvidar
su diario, me puse sus calzoncitos y sus mallas cuando no estaba en
casa y el sábado me masturbé a su salud.
Por fin llegó el lunes. Mariana pidió permiso para salir
la mañana del lunes con unas amigas suyas, así que el
domingo hablamos a casa de Arcelia y Thelma para invitarlas “a
jugar turista”, el lunes, en casa de Toño. Yo hablé
con Thelma delante de mi madre y Alicia y mientras le decía banalidades,
ella me interrumpía:
-¿Cómo les fue en Ciudad Rodríguez?
-Solo pensé en tu lengua en mi rajita.
-¿Está bien la tía Esther?
-No tan bien como tu pito.
-¿Y Felipe?
-No le vi el pito, pero también se me antoja... ¿no quieres
cogerte a Estela?
-¿La saludaste de mi parte?
-No como tu querrías...
Así se fue la plática y el pito me pedía guerra.
Al día siguiente las esperábamos con ansia y llegaron...
vestidas con sus falditas de la escuela.
¿Quieren saber qué pasó? Escríbanme a abelardo1972@hotmail.com
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