VIAJE EN OMNIBUS
| Viajo a menudo a Buenos Aires. Vivo en San Luis, una provincia ubicada en el centro oeste de la Argentina. Siempre viajo en ómnibus que se llaman coche-cama pues los asientos se reclinan mucho y hay tres asientos por fila, uno individual y dos juntos. Yo trato de comprar el asiento individual último del piso de abajo ya que el ómnibus es de dos pisos. La historia que les cuento empezó cuando me subí al ómnibus y me senté en mi asiento individual, a los dos minutos subió una mujer como de 35 años que se sentó en uno de los asientos dobles al final del corto pasillo (hay sólo tres filas de asientos). Dos minutos más tarde subió un señor que debía sentarse junto a la mujer. Me miró y me pidió si yo podría ser tan amable de cambiar el asiento con él pues no se sentía muy bien y temía molestar a la señora levantándose para ir al baño. Le respondí que no tenía ningún problema y me senté al lado de la mujer, del lado de la ventanilla. El servicio a bordo es muy bueno, sirven cena caliente con vino, postre, café y cuando ponen una película (por lo general muy aburrida) ofrecen un wisky o licor. Uno, por esos momentos está listo para dormir, me tomé el wisky en dos tragos y pude observar que mi compañera de asiento pidió un wisky doble y cuando me acomodaba para dormir pidió otro. Ella vestía una remera ajustada que le marcaban unas buenas tetas y se le notaban los pezones, una falda tipo pareo que le llegaba a los tobillos. Cuando yo la miraba de reojo, aprovechaba para preguntarme algo (hasta dónde viajaba, si viajaba por muchos días, que en qué hotel paraba en Buenos Aires, si era casado, etc.). Yo le contestaba sin entrar en muchos detalles pues no quería desvelarme. De todos modos, me dijo que se llamaba Marcela y yo le mentí y le dije que me llamaba José cuando en realidad me llamo Carlos. A mi me pareció muy simpática y por que no decirlo, la ví fuerte, con buen lomo y, aunque se lo podría haber preguntado, me preguntaba si sería soltera, casada o divorciada. En fin pensé, mañana cuando estemos llegando a Buenos Aires le saco más información. Recliné mi asiento y me quedé dormido. Habrían pasado unas horas cuando me desperté. Entre abrí mis ojos y para mi sorpresa, mi vecina de asiento se había dormido y su mano estaba sobre mi verga. Cuando duermo siempre se me para, tengo una verga un poco más grande que lo normal (mide unos 20 cm de largo y es bastante gruesa). En ese momento estaba a mil y me preguntaba si esa mano estaba de casualidad o si se estaba haciendo la dormida, y aprovechaba de tocarme la verga dura que seguro se habrá notado a través del pantalón. Decidí girar hacia ella haciéndome el dormido y podría ver con los ojos entrecerrados que hacía ella. Cuando me moví, su mano se deslizo y quedó sobre el asiento. Yo me quedé quieto y respirando como si estuviera dormido pero rogando que su mano volviera sobre mi verga. A los pocos minutos, observé como su mano lentamente se movía hacia mi bulto y volvió a poner su mano sobre mi verga. Movía suavemente su mano y notaba que su respiración se entrecortaba un poco. Yo no aguante más y le tomé la mano. La miré y le sonreí. Ella se acercó a mi boca y me encajo un beso de lengua descomunal, mientras que su mano empezó a pajear mi verga. Yo respondí de igual modo y le sobé sus tetas que estaban más firmes que lo esperado y sus pezones estaban duros. Miré al resto de los pasajeros y todos dormían por lo que me relajé y me dediqué a gozar y hacer gozar. Marcela se acercó a mi oído y me susurró: -pensé que no te despertarías nunca, no me pude contener cuando vi el bulto que se asomaba de tu pantalón. Te voy a desabrochar el pantalón así te puedo pajear mejor. Yo no lo podía creer, la ayude a bajar el cierre y me bajé los pantalones y calzoncillos hasta la rodilla. Mi verga estaba latiendo y yo tenía miedo de venirme por lo que le dije que me pajeara despacio. Ella me dijo si era hombre de un solo polvo. Yo le dije que siempre puedo dar dos y, a veces, tres en una noche, pero que el primero me viene bastante rápido. No le dije que hacía más de una semana que no cogía. Marcela me miró con picardía. Metió su mano bajo su falda y con un rápido movimiento me mostró que se había quitado su tanga, tomó la colcha que dan en el ómnibus y se tapó, entonces me pidió que la masturbara, que le acariciara su clítoris, que necesitaba una mano... bueno, me dijo, en realidad necesito una verga grande como la tuya... pero empecemos de una vez, que no puedo más de la calentura que tengo. Yo puse mi mano en su raja y estaba bien mojada. Noté que estaba depilada y eso me excitó aún más. Subía y bajaba mis dedos sobre sus labios y empecé también a rozar su ano. Para que lo habré hecho, se contorsionaba y buscaba que le metiera un dedo en su culo. Como estaba bien mojada, lubrique bien su culo y primero le metí un dedo, luego dos y le metí tres incluido el pulgar, índice y medio. Yo movía los dedos en su apretado culo y ella gozaba y empezó a gemir. Yo le susurré al oído que se callara, que iba a despertar a los otros pasajeros. Ella volvió a tomar mi verga y la empezó a pajear, de repente se acostó sobre mi y me empezó a dar una mamada espectacular. Yo seguía con mi mano en su raja y culo, con la otra le acariciaba una teta, y gozaba a más no poder con la mamada que me estaba dando. Me tomaba el glande y hacia un circulo con su lengua, apenas me mordía, y después bajaba hasta metersela toda en su boca. Yo me daba cuenta que se atragantaba pues mi verga es gruesa pero parecía disfrutar, y mucho. En pocos minutos estuve listo, ella se dio cuenta y se preparó para tomar mi leche. Por Dios, cuanta leche tenía acumulada. Me descargué con fuertes convulsiones, pero ella se las arregló para no derramar ni una gota de semen. Me lamió y relamió la verga y para mi sorpresa, logró que no se me bajara la erección. Ella me dijo, me parece que esta noche será de tres polvos, no? Era mi turno, para hacerla gozar y hacerla venir en un orgasmo. Le pedí que se sentara sobre los dos almohadones que nos habían dado, yo me recliné sobre su asiento y me quedo la cara enfrentada a su raja. Empecé a darle unos lengüetazos suaves a sus labios y busqué el clítoris. Cuando se lo chupé, ella dio un respingo. La estuve chupando alrededor de 15 minutos y luego empecé a meterle nuevamente el dedo en el culo, eso hizo que se corriera en un orgasmo espectacular. Me bañó con sus jugos. Yo estaba recaliente y me la quería coger. Le dije que cómo podíamos hacer y ella se sonrió nuevamente. Me dijo que me sentara en mi asiento, ella se levantó la falda y se sentó encima mío enfrentada a mi. Cuando se sentó se ensartó en un solo movimiento mi berga. Si bien estaba muy mojada, para mi delicia, mi verga entró apretada. Ella puso los pies en el asiento y se empezó a mover para arriba y abajo y yo movía mi pelvis en el mismo sentido. No podía creer que me estaba cogiendo semejante bomboncito en el ómnibus. Los pasajeros dormían, o por lo menos eso pensaba yo. Le dije a Marcela que buena que estaba, que como me gustaba cogerla, que quería coger toda la noche. Luego de bombearla por más de 20 minutos sentí que me correría en cuanlquier momento. Se lo dije y ella de un salto se bajo de encima mío, se arrodilló en el piso y me empezó a mamar con una fuerza increíble. Pensé que me haría estallar la verga por lo fuerte que succionaba. Puso un dedo alrededor de mi culo y lo empezó a mover haciendome sentir una sensación muy agradable, pronto ese dedo estuvo dentro de mi culo y al poquito rato me había metido dos. Yo no estaba acostumbtrado a que me metieran un dedo en el culo y no me desagradó para nada. Pronto sentí que me venía y que le inundaba de leche la boca a Marcela. La miré y ella estaba fascinada chupando y bebiendo hasta la última gota de semen. Yo estaba exhausto y me imaginaba que ahora podría dormir el resto del viaje. Marcela sacó mi verga de su boca y preguntó que me había parecido. Si estaba satisfecho. Yo le dije que sí, que había estado fantástico y que no veía las horas de hacerlo sobre una cama en el hotel en Buenos Aires. Yo le pregunté, por cortesía, como había estado y si había quedado satisfecha. Me sorprendió su respuesta pues me dijo que la había cogido bien, la había hecho gozar, pero que todavía tenía una parte insatisfecha. Yo le pregunté cuál podría ser. Y ella me dijo que le había hecho un trabajo incompleto en el culo. Que lo había preparado para cogerlo, lo había lubricado y dilatado, y que la había abandonado. Que sentía como el culo se le fruncía imaginando una verga como la mía entrando y saliendo, haciéndole ver las estrellas. Me dijo que a ella le encantaba que se la dieran por el culo y que lo que más le gustaba era que se la metieran por el culo y por adelante al mismo tiempo. Bueno le dije, yo las dos cosas al mismo tiempo no puedo, pero de solo hablar me has vuelto a calentar. Ella miró mi verga y dijo: -yo sabía que te sacaba tres polvos esta noche. Tomó su cartera y sacó una pomada. Era vaselina. Me puso abundante vaselina sobre mi glande, un poco en su culo, y se sentó sobre mi verga. Esta vez, su espalda sobre mi pecho. Puso los pies sobre el asiento y empezó a enhebrar la verga en su culo. Les dije que tengo una verga gorda y el culo de Marcela, por más que no era virgen, estaba estrecho. Cuando hubo entrado el glande, dio un suspiro y espero unos segundos hasta acostumbrarse. Luego hizo presión hacia abajo y de un golpe golpeó su nalga sobre mi estomago. Que hermosa sensación. Ella empezó a subir y bajar como poseída. Estaba gozando cada centímetro de mi verga. Como ya me había venido dos veces, yo podía aguantar lo que quisiera antes de correrme. Ella parecía estar éxtasis, y empezó a gemir. Yo nuevamente le susurré que no hiciera ruido. Miré a los pasajeros y vi que todos dormían menos uno que nos observaba con una sonrisa en sus labios. Era el pasajero que por sentirse descompuesto me había cambiado el asiento. Yo lo miré con cara de “qué suerte que he tenido” y él me contestó con un pulgar levantado indicando que no me preocupara y que siguiera en lo mío. Finalmente, sentí que nuevamente me correría. Le pregunté a Marcela si lo quería en su culo, o si lo quería tomar. Ella me dijo que se tomaría hasta la última gota. Se bajó y se arrodilló como había hecho antes y me dio una mamada suave, distinta a las otras y me acarició nuevamente el culo. Me vine aunque sin mucha leche en su boca y ella estuvo más de diez minutos mamando suavemente, subiendo y bajando con sus labios toda mi verga hasta que sentí que aflojaba y se tornaba fláccida. Marcela se sentó en su asiento, se puso la tanga, sacó un poco de perfume que se lo pasó por sus pechos, raja y culo. Se cubrió con la colcha, me dio las buenas noches y se fue a dormir. Yo me levanté los pantalones, me acomodé en el asiento y me quedé dormido. Cuando llegábamos a Buenos Aires, nos despertó la azafata con el desayuno y su sonrisa dejaba entrever que sabía lo que habíamos estado haciendo la noche anterior. Cuando nos bajábamos del ómnibus vi que en el compartimiento donde viajan los chóferes y la azafata tienen un televisor que les permite ver a los pasajeros puesto que tienen filmadoras en los pasillos. Cuando bajamos del ómnibus, Marcela me preguntó si quería que nos juntásemos a la noche. Le dije que por supuesto y quedamos en juntarnos en la habitación de su hotel esa noche. Todo el día estuve pensando en lo que habríamos de hacer a la noche con Marcela. Finalmente llegó la hora y fui para el hotel. Cuando llegué me percaté que sólo sabía su nombre y no sabía cómo haría para saber cuál era su habitación. Por suerte ella estaba esperando en el lobby del hotel. Tomamos una copa y decidimos subir a su habitación. Cuando subíamos por el ascensor, me empezó a besar apasionadamente. Cuando salimos del ascensor me dijo que tenía una sorpresa y que estaba segura que me iba a gustar. Abrió la puerta de la habitación y me hizo entrar. Yo me di cuenta que había alguien más pues escuché como corría el agua de la ducha. Me surgió la duda y esperanza de que se tratara de una amiga. Mi sorpresa fue mayúscula cuando vi que era un hombre quien salió envuelto en una toalla, con un buen físico que se veía trabajado en un gimnasio. Pero no fue el hombre lo que me sorprendió sino que ese hombre era el que me había pedido que cambiara de asiento por estar descompuesto. Marcela y Andrés (así se llamaba el hombre) eran pareja y les encanta hacer tríos. Lo que pasó esa noche se los contaré próximamente. |