LA
HISTORIA DE CRISTINA
| Cristina es la hija de un prominente
hombre de negocios de la Ciudad de México, para proteger su identidad voy a omitir
detalles de mi relato, pero el nombre es real. La primera vez que la vi fue llamando a la
puerta en casa de su hermano. Yo llegaba con mis padres cuando llamó mi atención
una joven de unos 17 años que se acercaba a dicha casa. Portaba una falda de mezclilla
larga, blusa blanca y suéter oscuro. Su cabello rizado le cubría el cuello y sus ojos
negros y grandes tenían una especialísima chispa de coquetería. No sé por qué me
atrajo tanto. Su busto pequeño llamaba de manera especial, y en combinación con sus
caderas amplias, nalgas planas y, después tuve oportunidad de constatar, muslos
majestuosos, era la imagen viva de la sensualidad. Y sigue siendo. Comencé a pretenderla y fue creciendo entre nosotros una amistad, hasta que le declaré mi amor. Dudó en aceptarme porque yo tenía 15 años, pero finalmente no le importó la diferencia de edades y aceptó. Nuestro primer beso fue sencillo, pero ella me dijo que besaba muy suave. Entonces, sin experiencia (ella ya había tenido otros novios) la besé apasionadamente, y la notar su reacción tomé valor. En el segundo beso bajé mi mano hacia sus muslos, y para mi sorpresa ella aceptó la caricia. Metí la mano entre ellos y separó las rodillas; inmediatamente me lancé a acariciar su pubis, metiendo el dedo cordial a frotar su rajita. Su excitación aumentó metió su lengua en mi boca. Siguió y siguió hasta que tuvo un orgasmo entre mis brazos; su primer orgasmo. -¡Qué faje!-, me dijo, -¡Nunca había fajado así! -¿Nunca? -No, eres el primero que me acaricia así; jamás me había sentido así. Me da pena decirte. Espérame, ahora vuelvo, es que... me mojé. Las s sesiones de besos y faje fueron haciéndose más intensas, un día, al rodear su cuello sentados lado a lado deslicé mi mano bajo su brassier. ¡Qué sensación más bella fue acariciar su chichita chiquita pero muy dura y firme! Se coronaba por un pezoncito pequeño y redondito que de inmediato se puso duro entre mis dedos. Quise hacer a un lado la copa para besarlo y me dijo: -Espera-. Acto seguido le soltó el tirante; yo no tenía idea de que existieran los brassieres convertibles a strapless Extasiado contemplé la primera vez que una mujer desnudaba su pecho para mí. Con amabas copas a bajo, desabotoné su blusa, me acerqué y comencé a mamar riquísimo, con lo que volvió a separar los muslos. Esta vez llevaba puesta una falda sencilla de mezclilla; mis manos subieron por sus rodillas desnudas a sus muslos carnosos, poseedores de una tibieza y una frescura sin iguales, hasta alcanzarle la orquídea. Hice a un lado la braguita y se la acaricié´directamente. Se quejó un poco de brusquedad, por lo que suavicé el frotamiento, y ella separó los muslos totalmente. Tuvo otro orgasmo de fábula. -Me gustaría que terminaras tú también. No es justo que sólo yo disfrute. Nomás qué haya chance te voy a hacer disfrutar igual. No se me olvida, el 5 de mayo de 1977 veíamos televisión en la sala de su casa. Yo traía un pantalón con bragueta de botones, los mexicanos recordarán los famosos Topeka que todos usábamos. El faje había tomado su derrotero regular, pero me sorprendió que en lugar de frotar mi verga desde afuera como se había hecho costumbre, metió los dedos por las aberturas de la bragueta. Casualmente llevaba yo un calzoncillo bóxer en lugar de mi usual trusa, y ello le facilitó llegar a mi pene parado. Comenzó a frotarlo y comentó; -Está bien parado amor mío. ¡Cómo me gustaría que estuviéramos solos en una cama, abrazados desnudos y que fueran las cuatro de la mañana, para hacerlo totalmente, para que me hicieras tuya!- Mientras tanto sus dedos danzaban en torno a mi pene y lo acariciaban de la cabecita hasta casi la base. Mi primer orgasmo con una mujer fue grandioso. Las sesiones de faje avanzaban. Las ideas se sucedían unas a otras. Cristina se abría la blusa y subía su brassier, o las desenganchaba, o usaba brassier de broche al frente. En tanto yo bajaba sus pantalones y calzones, o levantaba su falda y bajaba el frente de su braga. Acto seguido , abría mi camisa y soltaba mi pantalón. Tomaba mi verga y se la ponía entre la vulva y el calzón. Comenzaba entonces un vaivén con la cadera que frotaba nuestros genitales. Iba aumentando la intensidad y velocidad hasta alcanzar el orgasmo. Pero yo no lo alcanzaba. Una tarde en la sala de su casa nos besábamos y cachondeábamos, fue entonces cuando ella sacó mi verga y la empezó a acariciar. -¡Qué bonito!- Me dijo, contemplando mi pene parado. -¡Te gusta?.-pregunté. -Sí. -A que no lo besas...,-acto seguido bajó la cabeza y le dio un beso chupadito en el mero glande. Envalentonado por el resultado le dije: -A que no lo chupas. Por toda respuesta se agachó y abrió los labios. Lo tomó en la boca y comenzó a recorrerlo de arriba a abajo , concentrándose en mamar el glande. Así estuvimos un rato y yo levanté su cara y nos besamos con pasión. Poco después me animé un día a quitarle los calzones. Me arrodillé frente a ella y oprimí mi cara contra su regazo. -¿Qué haces?- dijo. Por toda respuesta deslicé mis manos bajo su falda hasta la cintura. Tomé el resorte de sus calzones y, sentada como estaba, se los bajé hasta las rodillas. -¡Estás loco! ¡Nos pueden sorprender! Bajé sus calzones de sus rodillas y se los quité. Comencé a besar sus rodillas y las separó dubitativa. Seguí besando sus muslos que separó de inmediato hasta que llegué por primera vez a su vulva. ¡Qué delicia! La besé, recorrí sus labios menores y su clítoris, me recargué en su himen intacto. Su excitación iba subiendo; ella acariciaba mi nuca , y presionaba mi cabeza contra su pubis a la vez que en voz baja sólo decía: - Mááás, mááás, mááááááás, así, así, máás. Cristina se estremeció y su cadera se movió contra mi cara. Escuché como su respiración agitada se contuvo y luego exhaló en un suspiro para no hacer ruido. Después se relajó. ¡mi primera mineta había sido un éxito! Cachondeos más cachondeos menos las cosas siguieron avanzando. En cierta ocasión se enfermó y tuvo que guardar cama. Como se consentía se quedaba las mañanas en la cama de sus papás. Allí fue otro de nuestros encuentros. Nos quedamos solos en la casa, de modo que las caricias comenzaron. La desnudé hasta la cintura y le dí una chupada de miedo. Después la besé y nuestras lenguas se entrelazaron mientras que la masturbaba, acariciando sus labios menores e y su clítoris; sus caderas se meneaban haciendo u delicioso vaivén a la vez que separaba sus muslos totalmente. El orgasmo no se hizo esperar: -¡Qué orgasmo! Cómo quisiera que tú también terminaras. -Ya habrá oportunidad,-contesté. En otra memorable ocasión traía un vestido con botonadura completa al frente. Tampoco había nadie en su casa, salvo un plomero que reparaba una fuga en el baño de sus padres. Fue entonces que se abrió el vestido, se levantó el brassier dejando ver sus pechitos lujuriosos coronados por sus pezones pequeñitos y rosados, y yo le bajé las pantaletas hasta quitárselas. Nos acostamos en su cama de manera transversal, y coloqué mi bragueta sobre su pubis desnudo. Nos besábamos con pasión y frotaba su monte de venus con mi bragueta. En el clímax del momento sentí que alguien pasó frente a la puerta que;¡se había quedado abierta! Me preguntó que si alguien había pasado y yo le dije que no. Estoy seguro de que el plomero nos vio. Un momento culminante de la relación fue cuando aprendimos a que yo también terminara. Una tarde de otoño estábamos en la sala de su casa: -Quiero ser tuya, quiero que me metas el pene para que tú también tengas orgasmo. Si no fuera porque no quiero comprometerte con un embarazo, ya hubiera sido tuya. Fue entonces que se me ocurrió. -Mira, si yo saco mi pene y tú te montas en él, se pude frotar en tu vulva y yo podría teminar mi orgasmo (¡Cuidado! Yo no lo comprendía bien a bien entonces, pero si el semen escurre hacia la vulva en este método sí se puede concebir un hijo!). Me parecía que era muy seguro entonces. No le dije dos veces, Comenzamos a besarnos y yo a acariciar sus muslos y sus nalgas. Se levantó la falda y se quitó los calzones. Yo saqué mi verga parada y dura como un leño; nos besamos y desabatoné su blusa, levanté su brassier sobre sus pechos y se sentó sobre mí con las rodillas a los lados de mis muslos. ¡Qué delicia fue frotarme en su panocha! Las sensaciones placenteras ascendían hasta mi corazón. La amaba, sí la amaba. Nuestras lenguas exploraron lo más íntimo de nuestras bocas, y su vulva subía y bajaba sobre mi verga que empujaba desde abajo restregándose en los labios de su vulva y en su clítoris. Arriba abajo, arriba abajo, frota, acaricia, siente,... hasta que estallamos ambos en un orgasmo simultáneo. Este fue mi primer orgasmo en el sexo de una mujer. Después se rompió la relación por diversas dificutlades. Cristina fue madre soltera, luego se casós y tuvo otro hijo. Se divorció y ahra no puede arreglar su vida. Escuchen todos, odio a esa mi mujer con toda al fuerza de mi corazón..., y si alguien la conoce, dígale que levane la frente airosa, porque solo se pude odiar así, a quien se ama todavía con esa intensidad. Ramón |