CITA A CIEGAS


Desde que me casé he sido feliz con mi marido, pero en la cama no me siento bien del todo. El me lo hace bien, pero quizá sea demasiado tradicional, o yo espere demasiado de él. Además trabaja toda la mañana y no vuelve hasta las seis o las siete, por lo que me encuentro bastante sola.
        Cuando mi amiga Anabel insistió en que conociera a un amigo suyo, lo tomé más como diversión que otra cosa. Nunca había tenido una cita a ciegas, y pensé que me distraería un poco. Ella insistió en que fuera elegante, pues pensaba llevarme a comer a un sitio discreto pero selecto; me puse un 
vestido de terciopelo negro bastante corto y ceñido, que pensé le gustaría (¡a mi marido le encanta!).
        Cuando me bajé del taxi me estaba esperando. Le reconocí porque llevaba un pañuelo rojo en la mano, la señal. Nos saludamos con dos besos y entramos dentro. Desde luego era selecto, o por lo menos caro. Mientras comíamos hablamos de nuestras cosas. El era un ingeniero de 38 años, soltero y sin compromiso; yo, una profesora de 27 y recién casada. Eramos la pareja perfecta; de él me gustó su madurez, aunque físicamente no lo aparentaba; era guapo y tenía cuerpo de atleta.
        El vino se regaba generosamente por aquella mesa, así que no desaproveché la ocasión de probarlos todos en una buena cantidad. Después de la espléndida comida fuimos al bar a tomar un licor. Entonces me di cuenta que aquello era hotel también. Nos sentamos en la barra y tomamos un par de cócteles. El camarero de la barra no me perdía ojo, tal vez porque veía que estaba un poco chispa y a aquellas horas...
        Tras la segunda copa Luis, que así se llamaba, se me acercó y me puso una 
mano en las rodillas.
        - ¿Quieres que pida cava? -dijo él todo gentil
        - Mejor no -respondí-, ya estoy bastante trompa, y mi marido lo notará.
        - Además diré que nos lo suban a una habitación, ¿Vale? -agregó él mientras juntaba su boca a la mía. Su lengua, cálida y húmeda tocó la mía; estaba tan derretida que me dejé hacer; cuando su mano empezó a subir por mi muslo tuve que detenerla- ¿Es que no te gusto?
        - Si que me gustas -dije; la verdad, estaba como un tren, no lo podía negar-, pero no estoy muy convencida de llegar a tanto. Mi marido...
        - Bueno -me interrumpió él-, yo voy a encargar la habitación y el cava; si no te decides, por lo menos nos la beberemos tranquilos.- y me dejó allí sola bajo la mirada penetrante del camarero, que, evidentemente, había visto mi anillo de casada pero no el de él. Debía pensar que era una fulana, pero yo aún no sabía lo que iba a hacer.
        Al fin volvió y me rescató de aquél taladro humano. Subimos a una habitación sin duda muy cara, pues era muy lujosa, y nos sentamos en un sofá a esperar el cava. El no olvidaba ninguna ocasión para tocarme donde fuera, y yo ya me estaba empezando a descomponer. Empezó a besarme por la cara, y otra vez me metió la lengua en la boca; no tardó mucho en depositar la mano de nuevo en la rodilla y empezar a subir. Me crucé de piernas para al menos estar un poco más protegida. Pero él no cejó en su empeño; se trasladó a la otra y llegó hasta mi culo, donde me pellizcó suavemente.
        Hasta ahora todo bien, pero luego metió la mano bajo el vestido y siguió pellizcando, ya sobre la piel. Entonces llegó el cava, que en esta ocasión era mi salvación (o más bien la de mi castidad). Pero resultó que el camarero era el de la barra, y me sonrojé ante su mirada escrutadora; claro, me había olvidado que el ingeniero me había subido la falda y que el camarero me estaba viendo el culo. Me la bajé enseguida, pero ya tarde; encima sabía que usaba liguero, el muy cerdo. Luis le dio una propina y se fue, no sin lanzarme una sonrisa pícara que no le devolví.
        Abrió el cava y nos lo bebimos de un tirón. Yo ya estaba totalmente fuera de mí; echó su boca a mi escote y casi ni me enteré. Cuando quise recordar su mano se había metido en mis bragas y su dedo se abría camino por mi coño. Ya no serviría la excusa de mi marido...
        Encima el tío cerdo pidió más cava, y me encontré toda despatarrada delante del mismo dichoso camarero. Cuando quise reaccionar ya era tarde.
        - No es necesario que se vaya -dijo Luis-, en realidad me estaba diciendo que le habías gustado muchísimo, y que por eso estaba tan caliente. -El muy asqueroso me había vendido. El camarero cerró la puerta y abrió la botella, sacando una copa para él de no se sabe dónde. Mientras Luis siguió con su magreo en mi entrepierna. Entonces el camarero decidió pasar de copas, y echándome la cabeza hacia atrás vertió un chorro de espumoso a mi gaznate, para luego pasárselo a Luis.
        El camarero se acercó y empezó a ponerme sus asquerosas manos encima; me 
desabrochó el vestido y me lo bajó hasta la cintura; mis pechos quedaron a la vista de aquél depravado  (¿Por qué no me pondría sujetador?), pero no podía objetar nada pues tenía las bragas en los tobillos y Luis no paraba de hurgar con su lengua en mi sexo. Con esto y el alcohol ingerido, ¿Qué 
objeción ponía poner a que aquellos dos maromos me follaran a gusto?
        Así que cuando el camarero se dedicó a chuparme los pezones con su asquerosa lengua sólo se me ocurrió echar mano a la bragueta de Luis, que se había sentado al otro lado, bajarle la cremallera y ver que encontraba. Metí la mano y hallé lo que me temía; su tranca era enorme, y estaba mojada y 
dura como el acero. Me costó mucho trabajo sacarla de su refugio. Entonces vi que el otro se había sacado la suya, que tampoco estaba nada mal; el muy cerdo me hizo cogérsela con la mano; así tenía una en cada mano mientras ellos no paraban de trabajarme las tetas o lo que fuera.
        Estaba de un cachondo subido; sin ningún recato tomé la de Luis por debajo y me la llevé a la boca; era como chupar un polo pero caliente; la punta de mi lengua se entretuvo en su capullo, muy abultado y sonrosado, y absorbí todas las gotitas que salían de su agujerito, ¡Vaya manjar!. Entonces el imbécil del camarero me hizo abandonar aquella ambrosía para meterme el suyo. La verdad era que no estaba nada mal, pero la cara que ponía aquél tipo me ponía negra.
        Luego me pusieron en pie recostada en el sofá y les ofrecí mi culo hambriento. El camarero me lo abrió todo lo que pudo para que lo admiraran; todos los pelillos se escaparon, chorreando, así que ya cualquier intento de rajarse sería baldío (además, ¿quién se quería rajar?). Metió su mano por el 
clítoris y ya no pude más.
        - Venga -dije con bastante vergüenza-, que alguien me la meta ya. -no se ni como me atreví, pero ellos rieron, viendo mis últimos reductos vencidos.
        Tal como estaba Luis se puso a mi espalda, y abriéndome el coño me la metió hasta dentro. Yo creí que me moría de gusto; empezó el mete-y-saca; y el placer se extendía por todo mi cuerpo; parecía sentir aquella polla dentro de mí extenderse como un virus. Tanto placer sentía que no me importó tomar la del camarero y metérmela en la boca, a pesar de que se comportara como un macho satisfaciendo a su hembra. La verdad era que aquél sentimiento animal me estaba llevando a alcanzar el clímax, el paroxismo del orgasmo cercano pero que nunca acaba de llegar. Todo aquello no lo sentía con mi marido, pues el amor me cegaba. Tal vez lo que necesitaba era un poco de sexo 
salvaje, así que tomé lo que me venía.
        Luego cambiaron posiciones; me sentaron en el sofá después de quitarme el vestido del todo. El camarero me tomo por los tobillos, me abrió las piernas, y poniéndose de rodillas me ensartó su pitón hasta el fondo; una llamarada de placer, preludio de mi segundo orgasmo, me recorrió el cuerpo; me estrujaba las tetas para ver si un poco de dolor mitigaba mi ansiedad, pero a cada golpe de sus repletas pelotas en mi entrepierna chorros de flujos viajaban hacia fuera de mis genitales. Luis se sentó sobre mí y me metió su polla húmeda de mis propios líquidos en la boca. Las groserías de 
aquellos dos hombres me ponían a cien, sobre todo a cada mención de mi marido, que estaría ahora trabajando como un negro creyéndome en casa aburriéndome, y le estaba poniendo los cuernos con dos hombres impresionantes.
        - Está visto que tu marido te hace poco caso -dijo Luis-, pero aquí estamos nosotros dispuestos a machacarte el coño todo lo que quieras.
        - Te voy a estar jodiendo hasta que te salga por la boca, cacho puta -respondió el otro-, te voy a hacer olvidar al cornudo de tu marido a pollazos. Cuando acabe contigo querrás quedarte conmigo para que te la meta todo el día.
        Ante semejantes groserías me hubiera enfadado normalmente, pero estaba tan a tope que lo que hicieron fue aumentar mi excitación. Luis se levantó a fumar un cigarro y me echó otro chorro de cava en la boca, aunque de lo que yo quería entonces el chorro era de otra cosa. Después él se tumbó en la cama, y el otro me condujo allí; mirándole me senté sobre su polla y seguí follando, pegando mi boca a la suya para hacer más exploraciones con la lengua. Entonces vino el otro y empezó a meterme su babeante lengua en mi ano. Yo me sentía reventar con aquél estímulo secundario; cuando la retiró 
estaba chorreando de su apestosa saliva, y sentí una corriente de fresco en él, pero enseguida se acabó el fresco, cuando sentí como su polla se abría camino por mi ano. Me dolió un poco al tener las dos pollas en mi culo, aunque por conductos distintos, pero me acostumbré y empecé a disfrutar aquél sandwich; me sentía como un perrito caliente, aunque más bien como el pan, pues era yo quien tenía dos buenas salchichas clavándose en mi carne.
        Perdí la cuenta de los orgasmos, pues estaba como loca, deseando que nunca acabara aquello. Lo cierto es que me siguieron follando cerca de una hora más, en todas las posturas inimaginables, hasta que se corrieron en todos mis agujeros y hasta por todo mi cuerpo. Cuando acabamos estaba totalmente pringada de semen. Después de ducharme salí envuelta en una toalla. El camarero ya se había ido y solo estaba Luis. A mi se me había pasado la trompa bastante y ya era consciente de mis actos; aunque sentí vergüenza, me pareció una tontería no poder vestirme delante de él, me coloqué de espaldas y me puse la ropa. Salimos en silencio. El camarero me sonrió en el recibidor, pero no le miré. Justo en la puerta me giré y le tiré un beso.
        Luis, que no había visto este detalle, me llevó a casa. Me besó con fuerza en la boca, pero yo estaba como ausente; me preguntó si lo había pasado bien, y le respondí que si; añadió que si nos volveríamos a ver, y le dije que puede según salía del coche.
        En casa me quité la ropa, la arrojé a la lavadora y me puse la bata. Llamó Anabel para preguntar que tal, pero le respondí con sequedad. Ella interpretó que no me gustaba lo que había hecho, y me dejó tranquila. Mi castidad se había dañado, pero no estaba acabada.
        Al día siguiente me vestí de negro con un velo sobre mi rostro; fui al hotel, y allí estaba el camarero; reservé una habitación y solicité una botella de cava...