| Continuación: sigue hablando
Ariadna.
Esa misma semana me hice novia de Xavier,
con oportunidad para ser “su noviecita” para la feria del pueblo y las
vacaciones de fin de año. Mis padres me dejaban ir, un par de veces
por semana durante las tres que duraba la feria, a recorrerla, siempre
que estuviera en casa a las diez (“poco antes que den las diez”, dice Serrat).
Ahí Xavier me invitaba helados y dulces y subíamos a los
juegos mecánicos, me besaba y me tocaba apenas por encima de la
ropa. Eran tan conmovedores sus torpes avances que yo regresaba a casa
a masturbarme hasta caer rendida. Las mañanas las empleaba de distintas
maneras: los padres de Luis no tenían vacaciones y cogíamos
casi todos los días (yo solía llegar a su casa pasadas las
diez de la mañana), y algunas veces comía con la abuela y
me follaba a Lencho. Según mi libro de records, durante esas tres
semanas hice el amor cinco o seis días con Luis, y tres o cuatro
con Lencho, por semana, por supuesto. Obviamente, cuando llegaba con Xavier,
ya para ir a la feria, ya para pasear simplemente, casi levitaba.
En enero tuve que reducir el ritmo, sobre
todo con Luis, porque no teníamos donde encontrarnos, así
que decidí que Xavier empezaba a estar maduro para consumar la segunda
parte de mi malévolo plan. Fue un viernes, que ya había avisado
yo en casa que no iría a dormir, y que empezó a eso de las
diez, con todos los amigos bebiendo cerveza en el parque. Xavier y yo,
novios oficiales, nos acariciábamos apenas y nos dábamos
besitos, pero su pito estaba bien parado y yo también estaba calientita,
muy calientita.
Esas mañanas en que hacíamos
novillos terminaban pasada la 1:30 de la tarde, cuando iniciábamos
el regreso a nuestras casas, pero esta vez, Xavier y yo habíamos
quedado de comer juntos y luego ir al cine. Cuando los demás se
fueron, teníamos tres horas libres antes de que iniciara la película,
y seguimos paseando por el parque, agarraditos de la mano y dándonos
besitos cada veinte pasos... cada diez... cada cinco, lo que coincidió
con nuestro arribo a una parte umbría y solitaria. Entonces me recargó
en un árbol y empezó a besarme con torpeza pero con ansias,
metiéndome la lengua por primera vez y buscando la mía. Yo
lo agarré del cuello y lo acerqué a mi, y dejé que
me agarrara por la cintura: en un mes que llevábamos de novios no
habíamos llegado a tanto, y ya tenía yo ganas.
Estuvimos un largo rato fajando: él
me acariciaba los muslos por debajo de la falda escolar, y yo le arañaba
la espalda bajo la ropa, mientras él aprendía sobre la marcha
a besar a una mujer. Cuando, luego de un rato largo, empezó a subir
su mano, acercándose peligrosamente a mi sexo, le dije con voz entrecortada
(nada fingida): “amor, vamos a comer”.
El mall en que estaban los cines y en
el que comeríamos unas pizzas o un sushi o lo que fuese, quedaba
bastante cerca, aunque la breve caminata permitió que nos tranquilizáramos
un poco. El parecía avergonzado, pero un par de besos que le di
en el trayecto lo hicieron suponer que iba por buen camino.
Comimos y entramos al cine, donde su mano
siguió explorando y adueñándose de mis muslos, y su
lengua de la mía, y casi al final de la película se atrevió
a dar un paso más, pues, aunque sin quitarme el bra, empezó
a masajearme los pechos, y debo decir que apenas tocarme los pezones, yo
tuvo un orgasmo silencioso y sorpresivo.
Salimos del cine sudorosos y agitados,
y nos despedimos ahí: el corrió a hacerse una paja y yo a
coger con Lencho, que vive, como tu sabes, cerca del cine. Como ahora tu,
Lencho gozaba enormemente que llegara caliente, muy excitada, a cogérmelo
como lo hacía.
Así lo mantuve dos semanas más.
Yo no se como vivía él con tales calentones, pero yo me la
pasaba de locura. Finalmente, un día estábamos en el parque,
haciendo novillos, él y yo fajando a mil en algún íntimo
rincón, cuando sin que yo lo notara, se sacó la verga y me
dijo: “Ari, no aguanto más, tócamela...”, le eché
una ojeada, para apercibirme que era más grande y gruesa que la
de Lencho, y no digamos la de Luis, ahí, viva, gorda, palpitante.
Aparenté resistirme, pero se estaba poniendo violento, así
que empecé a hacerle la paja. Su cara, roja como un tomate, era
un espejo de sus sensaciones. Me siguió apretando contra el árbol
con la mano izquierda, y metió la derecha bajo mi falda, empezando
a bajarme las braguitas. Cuando me tocó los labios vaginales, empapados
para entonces, susurré: “voy a gritar”... él aflojó
un poco la presión y dijo “¿me vas a dejar así?” Lo
vi a los ojos, y haciéndolo un poco para atrás me hinqué
y me metí su palpitante verga en la boca y empecé a mamársela
despacito, suavemente, para que no se viniera al instante. Mi lengua subía
y bajaba despacito, muy despacito, desde la base hasta la punta, y luego
por dentro, mientras él, completamente inmóvil y con los
ojos cerrados, lanzaba quedos gemidos. Mi mano bajó en busca de
mi clítoris y empecé a masturbarme mientras seguía
dándole placer. Finalmente se vino, casi al mismo tiempo que yo,
con tal fuerza que mi cara y mi blusa quedaron manchadas con su semen.
Salí corriendo al baño,
dejándolo ahí. Me lavé bien, me cambié de blusa
(muchas veces llevaba otras en la mochila, para salir de la escuela sin
el odioso uniforme, y por suerte, ese día era de esos), y regresé
a donde estaban los amigos.
En un aparte le dije a Xavier: “ya no
puedo seguir siendo tu novia”, y él, avergonzado, me pidió
perdón, me rogó que lo volviese a aceptar, y entonces le
dije que me dejara descansar unos días, y el domingo hablaríamos
(era miércoles). Ese domingo, mis padres no estarían en casa.
Ese día cogí con Lencho,
el jueves descansé, el viernes fui con Luis y el sábado me
quedé a dormir en casa de la abuela, es decir, con Lencho, quien
me ató a las patas de la cama y me folló como quiso, y luego
nos duchamos y nos acostamos. Yo desperté temprano y me metí
su pene fláccido en la boca, y fui levantándolo con suaves
lenguetazos, mientras él volvía lentamente de los brazos
de morfeo, y cuando lo tuvo a punto lo cabalgué hasta obtener los
últimos restos de su leche. Volví a ducharme y me vestí
con un body y una maxifalda con votas vaqueras y grandes aretes (era yo
una ridícula), y me marché rumbo a la plaza, donde había
citado al Xavis. Por cierto, eché en mi mochila las ligaduras y
vendas que habíamos usado la noche anterior.
La plaza era un lugar estratégico,
sobre todo en domingo, lleno de familias: no podría tocarme. Y caminando
por una avenida principal, estábamos, como sabes, a unos cuarenta
minutos a pie de mi casa. Cuando yo llegué ya estaba él ahí,
y le di un ligero beso en los labios y le dije que fuéramos caminando
a casa, porque tenía que llegar con mi madre.
En el camino él empezó a
hablar, a pedirme perdón, a decir que no lo volvería a hacer,
que me respetaría... ya sabes, todo el royo típico de este
pueblo. Yo lo dejé hablar, enredarse con sus palabras, y pasada
la mitad del camino, cuando había agotado su arsenal y sus súplicas,
le pregunté si no le había gustado, o si le había
parecido tan malo.
Por supuesto que le había gustado,
que nunca había sentido nada igual... pero me respetaba, era su
novia, dijo. Con semejante plática, la verga se le fue parando,
y no fue del todo difícil hacerle ver que no teníamos por
que esperar años para gozar de verdad, siempre que lo hiciéramos
con cuidado y discreción. Cuando llegamos a mi casa, ya lo había
hecho jurar que no le contaría nada a nadie, nunca. Lo hice entrar
y lo llevé a mi cuarto, diciéndolo “pues ahora es cuando,
mi rey: mis padres no regresarán”, y para mi era doble locura, porque
nunca lo había hecho en casa.
Hice que se sentara en mi cama y le dije
que esperara... desnudo. Entré al baño, donde tomé
vaginalmente mi óvulo de rigor (yo sabía que no era el método
más seguro, pero también sabía que en caso de desgracia,
Lencho pagaría los platos rotos... afortunadamente, hasta hoy no
ha habido daños que lamentar y hace tiempo me pasé al DIU)
y salí, sin más ropa que mi tanga y mi bra. Él estaba
en pelotas y con el pito en posición, y le ordené que se
acostara, y cuando lo hizo, lo amarré como a mí me habían
amarrado la víspera. Quiso protestar, pero no tenía opciones.
Luego lo amordacé, no sin decirle que no se arrepentiría.
Quería agotarlo antes de desvirgarlo
en forma, y quería también conocer su aguante de semental
joven, así que empecé por hacerle una puñeta lo más
lenta posible. Cuando vi que la leche derramada era abundante lo limpié,
le desaté la mano derecha y se la llené de vaselina y le
ordené que se masturbara viéndome. Cuando empezó a
hacerlo, yo me despojé de mis últimas prendas y sentada a
su lado, muy cerca de su cara, me masturbé a mi vez, metiéndome
dos dedos en el coño y alborotándome el clítoris con
la otra mano. Nos venimos casi al mismo tiempo, y volví a limpiarlo,
ahora con mayor cuidado; le amarré otra vez la mano derecha y le
vendé los ojos, luego, poniendo la octava de Schubert, me acosté
a su lado y como había hecho unas horas antes, con otro pito, apliqué
mis mejores artes para obtener la erección que deseaba.
Cuando estuvo a punto, me hinqué
sobre él y tomando su gorda verga, la engrasé debidamente
y empecé a masajear mi entrada con su glande. No podía hablar
ni podía verme pero se creciente excitación se notaba en
la tensión de todos los músculos de su cuerpo, que se comunicaban
a los míos. No quise esperar más y empecé a metérmela,
despacito, para que él gozara su iniciación al máximo,
y también para que no llegara a dolerme, porque sí que era
más voluminosa que la verga de Lencho, que tan bien me entraba.
Lo cabalgué con suavidad, a mi ritmo, sin prisa y sin pausa, obteniendo,
gracias a la sesión previa, dos orgasmos antes de su eyaculación.
Cuando se vino, me recosté sobre él sin salirme, abrazando
su joven humanidad. Su verga fue bajando poco a poco hasta casi salirse,
y entonces me moví, lo desaté y me acosté a su lado,
haciendome conchita.
Había sido mucho mejor de lo que
yo esperaba... y había que pasar a la siguiente parte del plan.
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