COSAS DEL MATRIMONIO


Me llamo Carmen y tengo cuarenta y siete años, estoy casada con un hombre de cincuenta y nueve. No soy una mujer hermosa y menos aún joven, pero mi aspecto en general no está mal y sé, que por algún motivo ignorado por mi, resulto incitante para hombres de mi edad o mayores.
Lo cierto es que ando mucho por Internet y de vez en cuando me dedico a leer relatos eróticos, y hasta ahora lo que he leído, o me parece demasiado irreal, o es exagerado, o lo escriben hombres haciéndose pasar por mujeres, o lo escriben mujeres que en realidad poco a ninguna experiencia tienen con el sexo y con los hombres.
En primer lugar, muy pocas mujeres, por no decir ninguna, reconoce ante su marido que le ha sido infiel y se lo confiesa, aunque él se lo ruegue. Segundo, por experiencia lo digo, aunque un hombre le pida a su esposa que le cuente aventuras, una vez que las escucha, se enfada y monta el numerito (esta no es mi experiencia desde luego).
No me voy a andar con remilgos y con palabras tiernas, ya que este es un medio muy anónimo y me permite expresarme con libertad; así que voy a contaros un poco de mi vida y vosotros opinaréis.
Cuando me casé con el marido que tengo, yo tenía treinta años y él cuarenta y dos, y estaba recién divorciado. Bueno a esa edad yo ya había follado bastante, y que narices, lo había hecho porque me gustaba follar, siendo soltera, existiendo los anticonceptivos, y viviendo sola, que sentido tenía pasar ganas. De esto el hombre que se iba a casar conmigo se dio cuenta y me preguntó muchas veces por mis anteriores experiencias, pero yo, por razones que toda mujer sabe y que son difíciles de explicar, me cerré en banda y sólo le reconocí haber tenido un novio anterior, y le dejé a él que sacara sus propias conclusiones. Pero lo cierto era que yo había follado muchísimo. Con dieciocho años me fui a trabajar a la costa en el sector turístico, y rápidamente mis compañeras de trabajo me pusieron “al día” en cuestión de diversiones, posteriormente ya me sabía divertir yo sola; con esto quiero decir que fueron doce años de soltería un tanto libertina. Yo misma pienso de mi que fui un poco golfa, quizás otros y otras penséis que lo que fui es putísima, tal vez tengáis razón, no soy quien para juzgarme, pero prefiero reconocerme como levemente golfa. En esos doce años, no dejé pasar oportunidad de echar mis buenos polvos con cualquier hombre por el que me sintiese atraída y me lo pidiese. No voy a negar y tampoco quiero, que hubo varias ocasiones en que algún chico que especialmente me gustara, me invitó a tomar unas copas, y ese primer día antes de regresarme a mi alojamiento, aparcó el coche en algún lugar tranquilo y sin hacerme demasiado la estrecha, me echaban un polvo o dos. También tuve mis relaciones con hombres casados, especialmente viajantes que pasaban por el lugar donde yo trabajaba, estos especialmente me enseñaron muchas formas sexuales, y reconozco que me lo hicieron pasar muy bien. Cuando tropezaba con un hombre así, experimentado y con cierta edad, sabía de antemano que iba a mamársela y que para rematar la noche, me iba a pedir sexo anal; y a mi precisamente ambas cosas me gustaba con locura hacerlas con los chicos adecuados.
Quiero matizar, que para mi el concepto enamoramiento no existe, creo que esa es una falacia en la que caen infinidad de mujeres, únicamente para justificar que folla con uno o con otro. Para mi el principio básico del sexo es que te sientas atraída por un hombre y que este te excite, y claro que estos sentimientos sean mutuos, y siendo así te echan unos polvos divinos y tu cuerpo devuelve con la misma moneda. Desde luego, en mi cabeza no entra que una tenga que enamorarse de un señor para poder gozar de un buen polvo, y si eso es así, entonces yo lo que soy es muy enamoradiza.
También soy consciente de que a veces el amor va por un lado y el sexo por otro. Yo a mi marido lo quiero mucho, y no es un decir, lo quiero y no deseo perderlo por nada del mundo, no en balde llevo casada con el veintiún años, pero también y para reforzar mis argumentos, tengo que reconocer que mi marido a mi apenas me da placer sexual, me da el placer de su cariño y el contacto con el cuerpo amado, pero sexo, de eso nada, o muy poco. Primero porque nunca fue un hombre muy experimentado, y segundo porque su polla, por decirlo de alguna manera, es como de juguete, y la mitad de las veces ni me entero si me la ha metido o no. Sin embargo hemos llegado a tal ternura y entendimiento entre nosotros, que él sabe todo esto, encuentra su placer conmigo y no me pide explicaciones de si yo lo sentí o no, da por asumido que no.
Por otra parte yo nunca he dejado de mantener relaciones con otros hombres si surge la ocasión, durante estos años de matrimonio han sido unas cuantas veces, y precisamente mi marido fue testigo de una de ellas. Ocurrió durante una cena de personal por fin de temporada, ese día había conocido a un señor, invitado a la cena por la empresa, que me había resultado muy atractivo y simpático y estuve relacionándome con él durante toda la cena, pero sin dar la nota. Ocurrió entonces que mi marido que había estado bebiendo mucho con sus compañeros de trabajo, me dijo que se iba a acostar un poco en un sofá de un salón alejado del comedor. Habiéndome quedado sola con mi nuevo amigo, las cosas fueron tomando un cariz de excitación, que ni yo ni él quisimos ni pudimos refrenar. Como yo sabía que mi marido cuando bebía se quedaba dormido como una losa, acepté la sugerencia de mi compañero de irnos a su coche... Por esos avatares raros del destino, mi marido se fue a acostar precisamente en un sofá que daba a un gran ventanal, por esos mismos avatares, mi ligue y yo pasamos por fuera junto a ese ventanal, y siguiendo el mismo sino, ese día, o mi marido no había bebido tanto, o no llegó a dormirse tan profundamente. Lo cierto es que me vio pasar por el ventanal con aquel hombre, que ya desconfiado nos siguió entre los coches del parking, que se quedó a dos de distancia agachado y mirándonos a través de los cristales de dos coches, que vio como entrábamos en el coche de mi amigo y empezábamos a besuquearnos y a acariciarnos, que vio como yo hacía el ademán de quitarme las bragas, que vio como le hacía hueco a mi amigo en el asiento del conductor y que vio como yo me ponía a horcajadas en sobre sus piernas. Que vio como yo me movía encima de él echando un polvo, y que escuchó mis gemidos. Que se dio cuenta que una pareja que nunca ha estado junta, no se conforma con un polvo y vio como echábamos otros dos muy, muy ardientes. Y que al final, después de haber visto y sentido todo esto, por motivos que desconozco y tal vez él también, en lugar de ir al coche y montar el escándalo, optó por irse caminando a la ciudad y emborracharse ya hasta la saciedad. Apareció por casa a las siete de la mañana, gritando y diciéndome todo lo puta que era y lo que había visto; y yo respondiéndole que era un loco y que no podía haber visto eso porque no había ocurrido nada de eso. Total que yo opté por la negativa a ultranza, pensando para mi, que poco me importaba lo que mi marido hubiera visto, si yo aseguraba a pies juntillas que nada había ocurrido. De esa manera fueron pasando los días, a bronca diaria, hasta que un día ya harta y pareciéndome insoportable aquella situación, le dije a mi marido, que o paraba de calumniarme o yo me iba y diciendo esto me puse a hacer una maleta. Creo que aquello fue el colofón de aquella situación, cuando vio que realmente iba a hacer lo que decía, se calmó, empezó a decirme que lo perdonara, y a ser tierno conmigo, y al final, quedamos bien, pero... con la condición de que jamás de los jamases me volviese a decir algo sobre ese asunto. Y lo ha cumplido el hombre, eso pasó hace dieciséis años, y nunca me volvió a decir ni una palabra sobre aquello.
Ahora yo sé que él sabe, y él sabe que sabe y que yo sé que los dos lo sabemos, y ahora mi marido, pues se hace el tonto, mira para otro lado, se desentiende de las cosas que él considera íntimas mías. Yo he seguido echando algún polvo por ahí esporádicamente, él sabe que lo echo e incluso sabe con quien lo echo, pero hacemos nuestra vida y no me echa nada en cara. Está consciente de su edad y de la mía, también está consciente de que su sexualidad satisface mínimamente la mía, y ha aceptado todo ello con amor, ternura y resignación, aunque eso si, siempre dando por asumido que yo soy la mujer más fiel del mundo, y la más seria.
Solamente un día rompió esa norma, fue un día que pretendía por enésima vez metérmela por atrás, y él no puede, su pene no llega a la erección necesaria, carece de la fuerza que eso necesita, y cada vez que lo intenta y no puede, se siente muy frustrado; pues ese día me dijo al oído desde atrás: “oye Carmen un día que –ése- te la haya metido y te lo deje bien abierto, avísame, a ver si yo la puedo meter ese día...” Aquello me dejó de una pieza, y sentí tanta ternura y lástima por mi marido que callé y me hice la tonta. Un mes más tarde y después de haber pasado una tarde excesivamente apasionada con “ese”, le dije de noche a mi marido: “hoy si lo intentas, seguro que puedes...”, y lo hizo, y pudo, y cuando logró por fin sentirla dentro de mi, empezó a llamarme, puta, golfa, folladora, y cosas de ese tipo, pero no en plan ofensivo, sino de otra manera, y para al final cuando iba a correrse, decir: “que mala suerte has tenido conmigo, que para poder metértela en el culo, tengo que esperar a que otro hombre te lo deje bien abierto y bien follado...” En fin que estas son las cosas que en realidad pasan en un matrimonio, en veinte años, todo lo que cuento aquí, las cosas de sexo no ha tomado ni siquiera doce horas entre disputas y dimes y diretes y chorradas, los diecinueve años restantes nuestro matrimonio han sido bueno en general, no nos echamos nada en cara, especialmente él a mi, y probablemente las discusiones de índole económica o doméstica que hemos tenido en este tiempo han sido realmente mucho más importantes y dolorosas que las otras, y muchas veces han dejado más huella. Lo “otro” son ya cosas tan íntimas de cada cual, que no las tocamos, no las hablamos, incluso las damos por no ocurridas, porque yo a veces tengo tan asumido mi papel de fiel esposa, que me permito el lujo de criticar a alguna conocida o alguna vecina por golfa o por calentorra, sin pararme a pensar ni un instante que soy la menos indicada para hablar, y mi marido sigue el hilo de mis críticas, sin pararse tampoco a pensar que quien está diciendo esas cosas es precisamente quien más callada debería estar.